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La educación en el seno familiar

Para intentar hablar acerca del arte de “educar”, traigo a colación ciertas pistas etimológicas que hacen referencia a orientar, conducir, llevar adelante, criar, alimentar y nutrir, entre otras. Platón define a la educación como un proceso de perfeccionamiento y embellecimiento del cuerpo y del alma pues esta labor artística, este sacar lo mejor de sí siendo conscientes al mismo tiempo de ciertas limitaciones, es la principal misión de los padres hacia sus hijos a través del amor que les vincula. Del educador se pide ante todo que ame. Solo educa quien ama. El amor reconoce lo que no tiene, pero se dispone a alcanzar lo que aún le falta (Sánchez-Gey J., 2003).

Los padres, en primera instancia, pero también los profesores y todos quienes llevamos a cabo el acto educativo de una u otra forma, debemos preguntarnos ¿para qué educamos? Así, teniendo clara la finalidad, podremos ubicar los medios idóneos para lograr los objetivos planteados. De lo contrario corremos el riesgo de dar pasos en falso de forma reiterativa.

Castillo G. (2007) afirma:

“A la educación se le ha atribuido muchas finalidades a lo largo de la historia, entre ellas hay una que ha sido comúnmente aceptada y que sigue teniendo plena vigencia: la educación pretende preparar para la vida (…) ¿Para la vida de hoy o para la vida futura? ¿Para la vida material o para la vida espiritual? ¿Para la vida de éxito o para la vida de servicio? Está preparado para la vida quien ha aprendido a vivir”.

En la actualidad observamos con frecuencia una carrera desenfrenada de padres cuyo objetivo central es hacer lo posible -y hasta lo imposible- por lograr que sus hijos adquieran múltiples destrezas a través de variados medios: profesores especializados que refuercen áreas del conocimiento, idiomas, cursos fuera del horario escolar desde muy pequeños, entre otras. Se busca los mejores colegios, tomando en cuenta su excelencia académica, principalmente, todo encaminado a que el hijo sea “alguien en la vida”.

También observamos con frecuencia a los jóvenes, quienes, al escoger su profesión, lo hacen en función del rédito económico pues así podrán contar con “un futuro asegurado”, o posiblemente eligen una profesión que les asegure un “lugar importante en la sociedad”.   

No es malo pensar en una profesión para los hijos, todo lo contrario. La educación es necesaria y nos ayuda para lograr aquella perfección a la que la persona humana está convocada. El problema estriba en que miremos el éxito académico como un escalón únicamente para el éxito, cayendo, sin darnos cuenta, en un reduccionismo educativo al pensar que la preparación  para la vida se limita a determinadas dimensiones, sin considerar la grandeza del ser humano, su verdadero potencial y proyección.

Posiblemente educar para la vida, educar para la paz y educar en valores proyecte al hijo a ser un amigo leal y generoso, a pensar en los demás, a conducir sus afectos, postergar gratificaciones y a educar su voluntad. En fin, un proceso de perfeccionamiento y embellecimiento del cuerpo y también del alma.

Para educar en valores y educar para la paz, tema prioritario en nuestros días, el ejemplo sin duda es fundamental. Esto es, encarnar las palabras, hacerlas vida a través de lo cotidiano, de los momentos de convivencia familiar. Los padres son figuras importantes de referencia para el niño y el joven, también los maestros. El diálogo sereno puede ser el mejor aliado para educar en valores y educar para la paz, en lugar del adoctrinamiento entre prisas.

El primero dará mejores frutos, aunque no inmediatos, pues somos testigos del proceso paulatino que implica la formación de la persona, la cual posee una plasticidad especial para absorber lo que se vive en su entorno, especialmente en las primeras etapas. El objetivo será que los hijos descubran los valores, los aprecien e interioricen.

El diálogo debe ser el “denominador común” en este proceso, el medio para la obtención de fines educativos. Cuando los padres saben ser dialogantes entre ellos, cuando han sabido buscar una visión sobrenatural para enriquecer su misión formadora, cuando han sabido plasmar en el hijo la habilidad de escuchar al otro sin interrumpir, respetando criterios y también exponiendo serenamente los suyos, le han permitido acercarse a la verdad, sabiendo que puede enriquecerse y ampliar su visión de la vida, gracias al aporte de sus semejantes, especialmente de sus padres.

La educación en los valores que hemos enunciado, por poner unos pocos ejemplos, propiciará un ambiente y un estilo educativo que desembocarán en un aprendizaje significativo si el educador así se lo propone, si así lo sueña, porque, en palabras de Fernando Rielo, pensador, escritor y poeta, “la persona cree en lo que espera y ama, espera en lo que ama y cree, ama en lo que cree y espera”.

Vale la pena apostar por un mundo mejor, menos agresivo y más pacífico, más humano y menos competitivo, un mundo más habitable. Esto es posible a través del verdadero acto educativo, presente entre las paredes familiares y en los salones de clase, buscando sacar hacia afuera la enorme riqueza que el ser humano lleva dentro.

Referencias:

  • Asensi, J., Escámez, J., Lázaro, A., y Rielo, F., (2006). Educar desde y para la paz. Editorial Fernando Rielo, España.
  • Bernal, A. (2005). La familia como ámbito educativo. Ediciones Rialp, España.
  • Castillo, G. (2007). Preparar a los hijos para la vida. Editorial Palabra, España.
  • Sànchez-Gey, J. (2003, mayo). Educadores ante el tercer milenio. Revista Agustiniana. Vol. XLIV. 134.

Autor:Elizabeth Matute P. - Secretaría Ejecutiva ILFAM